miércoles, 15 de febrero de 2012
Nadie podía jurar que esa chica fuese extraña, que quizás fuese distinta al resto de personas del planeta. En cambio, yo, que observaba minuciosamente todos y cada uno de sus movimientos, me dí cuenta enseguida. Su pelo, su forma de caminar, sus manías, esa manera de analizar todo sin que nadie lo notase. Era insegura, se le notaba, pero también era madura. Era fácil darse cuenta de que no era nada corriente, pero supongo que lo noté porque yo tampoco era como los demás. Parecía frágil, miedosa, tonta incluso. Pero yo sabía que no era nada de eso, pronto descubrí que tenía miles de secretos, cosas que jamás saldrían a la luz porque para el resto de las personas eran estupideces, porque el resto de las personas no saben apreciar sus cosas. Era mucho más inteligente que las demás chicas que conocía, no porque supiese más fórmulas matemáticas, si no porque tenía algo en su forma de pensar que la hacía elevarse hasta las nubes cuando hablaba cualquier cosa.
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